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02/06/2011

LA JOYA TERMAL DE EUROPA

Junto al río Danubio y en las faldas de la montaña del mismo nombre se encuentra el bello balneario Art Déco del Hotel Gellért una de los destinos obligatorios de los turistas que visitan Budapest, la “capital europea de los baños termales”. Nada más y nada menos que 128 balnearios se cuentan en la capital de Hungría, y en todo el país hay más de 2.000.
En la parte central de edificio modernista se despliega la piscina más grande, cubierta de baldosas azules y situada en el centro de un atrio al que la luz llega a través de un techo de cristal desmontable, que se abre en los días de verano.
Rodeada de columnas revestida de mayólica, vidrieras, estatuas, y con caños de agua remachados por cabezas de león, bañarse en esta piscina es casi una experiencia que traslada al viajero a un elegante escenario de principios del siglo XX.
Balneario de estrellas
Los actores Brad Pitt, Uma Thurman, Jean Reno o el ex secretario general de las Naciones Unidas Kofi Annan son algunos de las personalidades que en los últimos años no se pudieron resistir a los encantos de una de las termas preferidas de los budapestinos.
“Desde su inauguración el baño Gellért refleja cierto ambiente elegante” y en las primeras décadas del siglo XX fue un lugar frecuentado por la nobleza y la aristocracia, explica Eszter Szaniszló, subdirectora del complejo. La historia de la utilización de las aguas termales en la ciudad se remonta a unos dos mil años, cuando gran parte de Budapest pertenecía al imperio romano. “
Ya los romanos conocían y utilizaban las aguas termales con fines curativos, aquí en este mismo lugar”, relató Szaniszló.
“Los actores Brad Pitt, Uma Thurman, Jean Reno o el ex secretario general de las Naciones Unidas Kofi Annan son algunos de las personalidades que en los últimos años no se pudieron resistir a los encantos de estas termas”.
Desde aquella época el lugar se transformó en un centro curativo y el rey húngaro Andrés II, que gobernó en las primeras décadas del siglo XIII, hizo construir un hospital sobre las fuentes termales, para luchar contra la peste que diezmaba la población.
Más tarde, fuentes históricas del siglo XV ya hablaban directamente de “milagros” en relación con el efecto de las aguas termales. Un ermitaño del siglo XV, conocido como San Iván vivía en una gruta formada debajo del baño actual y alejado del mundo. Allí utilizaba las aguas termales para curar a los que sufrían de diferentes dolores.
Es la llamada “Gruta Coliflor”, desconocida entre el público, y que mereció ese nombre por las formaciones de dragonita, que asemejan a esa hortaliza, fruto de la erosión y el contenido de minerales del agua.
Hasta finales de la ocupación turca de Buda en 1686 funcionaba un baño termal llamado “Achic Ilidche”, pero en los inicios del siglo XVIII los diferentes propietarios del lugar, entre ellos el médico de Leopoldo I de Habsburgo, Emperador del Imperio Romano Germánico, empezó a construir un nuevo edificio en el mismo lugar.
Olas artificiales
El actual complejo de hotel y baño, construido en estilo modernista fue inaugurado en 1918 y en su tiempo contaba con soluciones consideradas pioneras, como por ejemplo la piscina de olas artificiales, primera en el continente y que actualmente está siendo renovada.
El edificio modernista que lo alberga es uno de los símbolos de la ciudad, situado al pie del puente Szabadság (Libertad) que hasta la Segunda Guerra Mundial llevaba el nombre del emperador austro-húngaro, Francisco José.
El agua termal del Gellért tiene una temperatura de 42 grados centígrados y sirve para curar problemas de articulaciones y del sistema muscular, explica Szaniszló, aunque precisa que no es potable.
Por su parte, la doctora Remény Horváth indica que el Gellért cuenta con un hospital diurno donde tratan diferentes enfermedades del aparato locomotor, como dolores crónicos de cintura, la llamada “enfermedad de Bechterev”, esto es, inflamaciones crónicas en la columna vertebral, o en tratamientos postoperatorios de articulaciones, entre muchos otros.
Aunque después de la Segunda Guerra Mundial el régimen comunista nacionalizó el complejo, abriéndolo al público, en la actualidad el Gellért recuperó su carácter lujoso, con el que ya contaba en su inauguración.
Aun así, para los turistas es un lujo al alcance de cualquier bolsillo, las entradas oscilan entre los 10 y 16 euros (14 y 23 dólares). Y quienes deseen un masaje especial, con chocolate, que es el más caro, deberán agregar otros 35 euros (51 dólares).
¿Cuál es el lugar que más te ha relajado inmerso en sus aguas?