Turismo de alto riesgo hero asset

29/09/2011

TURISMO DE ALTO RIESGO

Una agencia con base en la ciudad suiza de Zoug ofrece viajes en zonas de conflicto como Afganistán, Irak o Somalia a valientes turistas, ávidos de experiencias límite, que buscan la adrenalina que se esconde detrás del peligro.
Aguas color zafiro en los lagos de Band-e-Amir, imponentes acantilados de arenisca, estatuas gigantes de Buda de más de 1.500 años de antigüedad o la impresionante mezquita azul de Mazari Sharif. Suena como un lugar idílico para pasar unas vacaciones, aunque la cosa cambia cuando uno descubre que hablamos de Afganistán.
“El perfil de gente que elige estos destinos es de lo más variado, desde profesores de 26 años hasta jubilados mayores de 68”.
Aunque no sea un destino turístico de primera línea, la agencia de viajes Babel, con base en la ciudad suiza de Zoug, ofrece viajes a Afganistán y a otras zonas en conflicto a valientes viajeros, ávidos de experiencias límite, que buscan la adrenalina que se esconde detrás del peligro y el riesgo.
A pesar de haber sido un importante destino turístico durante los sesenta cuando los hippies veraneaban allí atraídos por su belleza natural y las drogas baratas -lo que se denominó el “hippie trail”-, Afganistán está ahora en la lista de países más peligrosos del mundo y ningún Estado recomienda viajar a él.
Sorprendentes e inseguros
Haciendo caso omiso de estas recomendaciones, el director de Babel, el australiano Kevin Pollard, ofrece desde comienzos de este año un catálogo de destinos tan sorprendentes como poco seguros, entre lo que destacan zonas conflictivas, o incluso en guerra, como Irak, Irán, Somalia, Sudán o Corea del Norte.
No obstante, Pollard afirma que sus viajes se desarrollan bajo escrupulosas medidas de seguridad y que todos sus clientes se sientes “cien por cien seguros” porque durante las excursiones no se asumen riesgos de manera irresponsable.
De todos los destinos que ofrece Babel, el lugar que más atención acapara es “sin duda Afganistán”, según confesó Pollard, y allí está preparando el próximo viaje que organizará la agencia en septiembre, por 9.500 euros (13.500 dólares) por quince días, una cantidad no al alcance de cualquiera y que no incluye los billetes de avión.
Según explica Pollard, lo que más encarece el precio es el seguro de viaje, que asciende a unos 700 euros (alrededor de 1.000 dólares) por las dos semanas -diez veces más que un seguro de viaje convencional- y cubre todo tipo de peligros, incluidas las negociaciones en caso de rapto, aunque no el pago de la recompensa.
“Aunque no sea un destino turístico de primera línea, la agencia de viajes Babel, con base en la ciudad suiza de Zoug, ofrece viajes a Afganistán y a otras zonas en conflicto a valientes viajeros”.
“Viajamos acompañados de un agente de seguridad, un chófer y un guía. Todos ellos van armados y conocen muy bien las zonas por las que nos podemos mover”, asegura Pollard.
Este australiano tiene contactos también con agentes de la OTAN en el país para que sus clientes puedan, por ejemplo, almorzar con un muyahidín o acompañar a un soldado de patrulla.
“Se trata de vivir experiencias nuevas que no ofrecen otros lugares, mezclarse con la gente y averiguar qué significa estar en una zona de guerra”, señala el aventurero Pollard.
Sin duda, la experiencia de su vida la vivió en el último viaje que organizó Babel a Afganistán, el pasado mayo, ya que, la misma noche en que murió el líder de Al-Qaeda, Osama Bin-Laden, durmieron, ajenos a lo que estaba pasando, en la base militar estadounidense de Bagram, desde la que se dirigió gran parte de la operación.
“A penas pudimos dormir esa noche porque unos cincuenta aviones despegaron o aterrizaron en la base en tan sólo cinco horas. El ruido era ensordecedor, pero no sabíamos si tal afluencia de aviones eran normal o no”, cuenta.
En un día normal, en toda una noche como mucho circulan 15 aviones por esa base.
Sin acceso a internet o a ningún otro medio de información, a la mañana siguiente no se enteró de lo que había pasado hasta que no recibió una llamada desde Sidney de su novia preocupada por él.
La noche que murió Bin Laden
Pollard relata que en los momentos inmediatamente posteriores a la noticia, todo su equipo estaba muy preocupado por si los talibanes pudieran tomar represalias por lo sucedido contra las tropas estadounidenses o civiles afganos como respuesta, por lo que emprendieron, más nerviosos de lo habitual, el viaje de regreso a Kabul.
“Ahora lo veo como una anécdota que podré contar a mis nietos porque de los 300 turistas que visitan cada año el país, pocos pueden decir que estuvieron allí la misma noche que murió Bin Laden”, resume Pollard.
Afganistán no es el único lugar que ofrece experiencias insólitas, ya que, por ejemplo, en Somalia los viajeros pueden tomar un café con los piratas que peinan las aguas del Índico en busca de pesqueros occidentales que secuestrar y que han convertido a este país del Cuerno de África, ahora asolado también por la terrible hambruna, en uno de los más peligrosos del mundo.
Pollard defiende que no se trata de países tan peligrosos como pensamos en Occidente y afirma que la situación en el norte de Somalia o Irak ha mejorado mucho en lo que a seguridad se refiere y no se dan casos de turistas asesinados.
“Allí la gente es encantadora, simpática y hospitalaria, no son todos terroristas”, subraya el australiano.
Pollard reconoce que la situación en Afganistán es un poco más peligrosa, por el riesgo de posibles atentados, pero insistió en que su agencia trabaja bajo escrupulosas medidas de seguridad y que todos sus guías están en permanente contacto con las autoridades locales para identificar los peligros por adelantado.
“El transporte por carretera puede ser más peligroso que los extremistas. Hay más turistas que mueren en accidentes de coche que por ataques suicidas”, precisa.
El perfil del turista intrépido
El perfil de gente que elige estos destinos es de lo más variado –según cuenta Pollard-, desde profesores de 26 años hasta jubilados mayores de 68.
Sin embargo, todos ellos tienen un rasgo en común: “Son gente interesada en conocer la historia y las formas de vida del país concreto que visitamos y cerca de la mitad de los clientes tienen un interés específico por ver zonas en guerra”, asevera Pollard.
A juicio de su promotor, el principal atractivo de estos viajes es que ofrecen una oportunidad única de mezclarse con la gente local, charlar con ellos y poder visitar pueblos y ciudades casi recónditos a los que no llegan normalmente los turistas.
Pollard denomina estos viajes como “viajes de compromiso cultural”, promovidos para proporcionar a los interesados los conocimientos y el entendimiento necesario para comprender las raíces de un conflicto y ayudar a los locales a crear relaciones duraderas y soluciones pragmáticas y sostenibles a sus problemas.
Sin embargo, la polémica no abandona este tipo de iniciativas tan arriesgadas, ya que en caso de secuestro o asesinato, son los Estados de los turistas los que tienen que correr con los gastos, con el dinero de todos los contribuyentes.
Así sucedió en 2009, cuando dos turistas suizos fueron secuestrados en Mali, cuya liberación costó al gobierno de la Confederación Helvética más de cinco millones de euros (más de siete millones de dólares). Por ello, hay quien lo ve como un precio demasiado alto que pagamos entre todos por el capricho de unos pocos privilegiados.