Oasis en el desierto hero asset

21 /06 / 2011

UN OASIS EN EL DESIERTO MÁS ÁRIDO

Salares, géiseres y lagunas altiplánicas se extienden en un pequeño radio alrededor de San Pedro, enclavado en el norte de Chile con una belleza singular que hace que el visitante piense que está en otro planeta. Foto: Felipe Cantillana
A 1.670 kilómetros de Santiago de Chile, entre imponentes dunas, majestuosos volcanes y desecados valles se esconde San Pedro de Atacama, un vergel en el desierto más seco del planeta, epicentro de un sinfín de maravillas naturales que atraen cada año a miles de visitantes.
Salares, géiseres y lagunas altiplánicas habitadas por flamencos y vicuñas se extienden en un pequeño radio alrededor de ese pintoresco pueblo enclavado en el norte de Chile en el que casi todo el mundo está de paso.
Para llegar hasta San Pedro, el viajero debe primero desplazarse, en avión o por carretera, hasta la ciudad minera de Calama, a unos 1.570 kilómetros al norte de Santiago, y recorrer después 120 kilómetros. Por sus polvorientas calles transitan a diario decenas de turistas en busca de las excursiones más fascinantes y publicitadas que rompen con el prejuicio de que sólo los paisajes frondosos pueden resultar cautivadores.
“La mayoría de los rincones más sorprendentes se encuentran dentro de los límites de la Reserva Nacional de Los Flamencos, que incluye parte del Salar de Atacama, una inmensa llanura de tres mil metros cuadrados donde las rocas forman un manto de colores blancos y grisáceos.” La mayoría de esos sorprendentes rincones se encuentran dentro de los límites de la Reserva Nacional de Los Flamencos, que incluye parte del Salar de Atacama, una inmensa llanura de tres mil metros cuadrados donde las rocas forman un manto de colores blancos y grisáceos.
Este salar, uno de los más grandes del planeta, alberga en su interior la Laguna Chasa, donde se pueden observar de cerca tres de las cinco especies conocidas de flamencos: el chileno, el andino y el flamenco de James, cuyas estilizadas patas se alargan aún más con el reflejo del agua.
El valle de la luna y el de la muerte Los humedales son las principales fuentes de alimento para la fauna que habita en la zona, donde se pueden descubrir áridas formaciones rocosas en las que no se ha hallado vestigio alguno de vida, como el Valle de la Luna, que evoca en el viajero extraterrestres imágenes.
El valle, ubicado en la Cordillera de la Sal, al borde del Salar de Atacama, se formó hace veintidós millones de años, cuando los movimientos de la corteza terrestre comenzaron a elevar las capas de sedimentos procedentes de un antiguo salar.
En la imagen unos géiseres ante las montañas del altiplano habitadas por flamencos y vicuñas cerca de San Pedro, en el norte de Chile. Foto: Felipe Cantillana El persistente viento ha ido moldeando a lo largo de milenios este inhóspito lugar, declarado santuario de la naturaleza en 1982, hasta esculpir montículos con crestas afiladas que se asemejan al espinazo de los prehistóricos dinosaurios.
Al atardecer, en la cima de sus dunas se apostan decenas de turistas, que observan embelesados cómo el sol recorta las siluetas de Las Tres Marías o del llamado Anfiteatro, una mole de roca que se alza imponente en el horizonte. Los mismos fenómenos geológicos dieron lugar al Valle de la Muerte, también ubicado cerca de San Pedro, al que según cuentan los lugareños, el sacerdote belga Gustavo Le Paige, que proyectó hacia el exterior la cultura atacameña, quiso en realidad bautizar como el Valle de Marte.
Sin embargo, la similitud ambas palabras pronunciadas con acento francés confundió a los vecinos lo que hizo que finalmente el lugar fuera conocido por el apelativo más siniestro, tan revelador como sugerente. Lejos de los secarrales, a unos 95 kilómetros de San Pedro y a 4.300 metros de altura sobre el nivel del mar, el agua surge con fuerza de las entrañas de la tierra a través de los conocidos géiseres del Tatio, que alcanzan al alba su punto máximo de ebullición, alrededor de 85 grados. Para que esta excursión no se transforme en un suplicio los turistas deben tomar una cena ligera y no ingerir alcohol durante la víspera con el fin de evitar el mal de altura, y abrigarse con ropa adecuada para soportar hasta 12 grados bajo cero, según la época del año.
El esfuerzo y la fatiga que supone levantarse a horas intempestivas tienen su recompensa. Los impresionantes flujos de vapor que se elevan hasta diez metros de altura sorprenden al viajero y revelan la existencia de un río subterráneo vinculado al cercano volcán El Tatio. La zona está rodeada de diversos cráteres, entre ellos el Láscar -el más activo, que en 2006 escupió ceniza por última vez- y el Licancabur, que luce una silueta perfecta y permanece en silencio, sin actividad volcánica, desde hace unos dos mil años.
El salar de Tara
Más allá de esta muralla de cerros y volcanes que cerca a San Pedro por el este, se extiende el salar de Tara, poco frecuentado por turistas, pero de una majestuosa belleza, que atrae hasta sus aguas a flamencos y vicuñas, unos camélidos propios del altiplano de Sudamérica. A un costado del salar, situado a 4.500 metros de altura y cerca de la frontera con Argentina, se alza la denominada "catedral", una inmensa pared agrietada formada por material piroclástico de un antiguo volcán. En el camino hacia el salar se encuentran además los llamados moais de Tara o monjes de la Pacana, unas columnas rocosas formadas tras las violentas erupciones volcánicas ocurridas hace miles de años.
Una puesta de sol en el desierto de Atacama. Foto: Juan Ernesto Jaeguer Las abundantes concentraciones de sal acumuladas en ciertas áreas de la zona provocan también milagros naturales como el de la Laguna Céjar, cuyo alto nivel de salinidad permite que los cuerpos no se hundan en ella e impide además que nazca vida en sus profundidades.
Esas particulares características hacen de esta laguna una especie de Mar Muerto al que los bañistas acuden para comprobar cómo sus cuerpos flotan en las aguas color turquesa mientras contemplan el árido paisaje circundante, con la Cordillera de los Andes en el horizonte. Entre esas montañas, a más de cuatro mil metros de altura, se esconden también las lagunas Miscanti y Miñiques, de un intenso color azul, que toman su nombre de los dos volcanes coronados de nieve que las flanquean.
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